Pocos meses después del nacimiento de esta web empieza una nueva edición de la Transpyr. Se trata de una marcha ciclista no competitiva con dos modalidades principales: la Transpyr Gran Raid MTB para bicicleta de montaña y la Transpyr Backroads para bicicleta de carretera (consulta su web para ver más opciones). Ambas modalidades comparten número de etapas (siete), y puntos de salida y llegada. Tanto por carretera como por pistas y senderos, el objetivo es el mismo, llegar desde Roses (Girona) a Hondarribia (Guipúzcoa).

Este año será el cuarto consecutivo que tomo la salida en Roses, en la modalidad Transpyr Gran Raid MTB, habiendo sido finisher en 2015 y 2016 y no pudiéndo acabar en 2017 a causa de un accidente en la primera etapa en el que me rompí el tobillo. Está claro entonces que no es que me guste la Transpyr, ¡me encanta! Y es de lo que quiero hablar hoy, ¿por qué la Transpyr? ¿Por qué repetir cuatro años seguidos? ¿no hay más marchas de este tipo?

Junio de 2017, Feliz en Roses, sin saber que al día siguiente empezaba la pesadilla.

 

El reto
La Transpyr es un enorme reto, a muchos niveles. El más obvio es  el deportivo, la distancia total a cubrir es de 800 km y se deben superar 20.000 m de desnivel positivo acumulado, en un recorrido con numerosos tramos técnicos, tanto de subida como de bajada. A una media de 114 km y 2.800 m de desnivel positivo acumulado por etapa, es necesario entrenar en serio, incluso si uno tan solo aspira a terminarla dentro de los cortes horarios. También es un reto mental, como todos los deportes de resistencia. Hay que conocer el propio cuerpo y saber dosificar, y sobre todo no perder la calma o la paciencia en los momentos difíciles. El autoconocimiento es uno de los aspectos más importantes, no solo para la Transpyr, sino para cualquier tipo de reto deportivo. Para ser finisher en la Transpyr, además de algo de suerte, claro está, son necesarias tres cosas: piernas, cabeza y estómago. Es decir, entrenamiento físico, entrenamiento mental y por último, una correcta gestión de la alimentación y el cuidado del cuerpo en general. Hay que conocer qué tipo de alimentos nos funcionan, incluidos geles, barritas, líquidos isotónicos y otros complementos alimenticios orientados a la nutrición deportiva. También es un reto para la mecánica de nuestra bicicleta, y es conveniente escoger componentes por su fiabilidad, antes que por el peso. Si uno no tiene grandes conocimientos de mecánica, puede contratar un servicio profesional que al finalizar cada etapa se encargará de revisar la bicicleta, lavarla y dejarla lista para la siguiente etapa. El estudio del recorrido tiene además ventajas de cara a la planificación de cada etapa. Conocer el tipo de terreno, el desnivel, las distancias entre avituallamientos, si se pasa por alguna población importante, etc, hará que nos sintamos más confiados y seguros durante la ruta.

Dentro de poco el sendero dejará de ser ciclable.

El viaje
Para mi, la Transpyr es turismo de proximidad. No es que le haga ascos a un gran viaje, pero considero que sin movernos de la península ibérica y alrededores tenemos una gran variedad de paisajes y culturas (incluyendo la cultura gastronómica), y personalmente siempre me han encantado los paisajes de montaña. La bicicleta como medio de locomoción ofrece un excelente equilibrio entre velocidad y disfrute del entorno (¡sobre todo en las subidas!). Se avanza mucho, pero al mismo tiempo lo hacemos a un ritmo que nos permite disfrutar de la evolución del paisaje a medida que ganamos altura, además de observar  las diferentes características de los Pirineos catalán, aragonés y navarro. Las poblaciones que son sede de la Transpyr tienen una oferta turística razonable, y uno puede encontrar, además de la Pasta Party que pone a disposición la organización, una oferta variada en restauración. Pero para mi, uno de los mayores atractivos de la Transpyr es precisamente que se trata de un viaje. Sales de Roses y tienes que llegar a Hondarribia. El recorrido de las etapas no es discrecional o producto del capricho de los organizadores, sino que resulta del propio reto logístico de la organización: hacer posible que los ciclistas lleguen en una semana a su destino. Salvo cambios en el recorrido puntuales debido a las condiciones de los caminos o a los permisos de paso en algunos puntos, el recorrido suele variar muy poco. A algunos les parecerá aburrido, pero a mi precisamente me atrae el hecho de poder conocer, cada año un poco más, los entresijos de un recorrido muy variado y que nos acerca a rincones de gran belleza de los Pirineos.

Los bosques que atravesamos en la subida a Abaurrepea tienen algo de inquietante…

El ambiente
La Transpyr no es una prueba masificada. Sus propias características lo impiden, sería imposible meter a más de 1.000 corredores por los Pirineos y habría problemas de logística con los avituallamientos, pernoctaciones, etc. Para mi tiene el tamaño justo, suficiente para que las caras de la organización te sean familiares ya la primera vez que la haces. No hay demasiadas colas ni aglomeraciones y todo está a tu alcance, pudiendo disfrutar de los servicios contratados con tranquilidad. Con entre 300 y 400 corredores, solo en la modalidad Grand Raid MTB, es inevitable conocer gente y acabar haciendo amistad con alguno de los corredores que te acompañan. El camino, con sus penurias y sus alegrías, hacen el resto. Cada Transpyr te aporta una cantidad increíble de recuerdos imborrables, y al menos para mi, inspiración y motivación para seguir entrenando para una prueba que, como afirman sus organizadores “es un desafío en el límite de lo razonable”.

Decir que en la Transpyr se encuentran amigos para siempre es quedarse corto.

El reto de la Transpyr 2018
Mi “idilio” con esta prueba recibió un fuerte golpe el año pasado, cuando a causa de un estúpido accidente sufrí una lesión en el tobillo que podía haber sido muy grave. No solo me obligó a abandonar en el kilómetro 80 de la primera etapa, sino que me tuvo cuatro meses sin poder apoyar el pie en el suelo, estando de baja laboral durante seis meses. Dicen que las lesiones deportivas no solo pueden dejar secuelas físicas, sino también mentales. Sin embargo, la pérdida de confianza, la desmoralización que me produjo la lesión también vino acompañada de una nueva perspectiva de mis dos anteriores participaciones en 2015 y 2016: me di cuenta de la magnitud del reto, y de la facilidad con la que todo se puede arruinar. También analicé, incluso demasiado, todo lo que me pasó en esa primera etapa de la Transpyr 2017, especialmente, los errores que cometidos.

Evolución de la fractura.

Mentiría si dijese que la idea de mi participación en esta nueva Transpyr empezó el mismo día del accidente. La lesión no se descubrió en todo su alcance hasta pasados casi diez días, y todo el proceso de visitas médicas y tratos con la aseguradora no fueron nada fáciles. No voy a explicarlo aquí porque deseo pasar página y porque fue doloroso (afortunadamente no en el aspecto físico, pero sí moralmente, y fuente de un enorme estrés), y porque la Transpyr representa demasiado para mi como para que ese recuerdo quede atrapado en ese desgraciado episodio. Casi seis meses después de la lesión, los peores augurios de mi doble fractura de astrágalo se disiparon, y pude empezar con la recuperación. Solo fue allá por el mes de marzo, cuando ya había vuelto a la bicicleta y veía la luz al final del tunel, cuando decidí volver a la Transpyr. Antes de tomar la decisión había pensado mucho acerca de si era necesario hacerlo de nuevo. Habiendo siendo finisher dos años, ¿qué necesidad había de volver a plantearme el reto? ¿No lo había demostrado de sobras ya? Solo me di cuenta de que volver era la decisión acertada después de tomarla, después de haber confirmado mi inscripción para 2018. Automáticamente el estrés de la indecisión desapareció y pude centrarme en aquello que tanto bien me había hecho estos años pasados:  la preparación del reto deportivo. Y este año llego más preparado que nunca, más en forma, con más recursos físicos y técnicos (aunque la caída no fue en una zona técnica, he mejorado mi técnica con un maestro del downhill), y con la ayuda de un plan de entrenamiento personalizado.

A pocos días de la salida en Roses, tengo miedo y estoy emocionado al mismo tiempo. Creo que son dos sentimientos totalmente necesarias. El año pasado me demostró que ser finisher por dos veces de la Transpyr no es garantía de nada. Y por otra parte hoy no podría estar mejor preparado para el reto. Ahora solo queda disfrutarla, con mucha cabeza. El objetivo es de nuevo las playas de Hondarribia. Allí me esperarán familia y amigos, y ya me han advertido: ¡ni se te ocurra quedarte por el camino! Nadie puede asegurarlo, más allá de las frases hechas y las buenas intenciones. Esa es la gracia. Y el gran reto de la Transpyr.