Empezamos por el final y con spoiler: después de cuatro días, 12 horas y 10 minutos de salir de Les (Vall d’Aran, Lleida), mi compañero de ruta Javier y yo llegamos a l’Ampolla (Baix Ebre, Tarragona) después de haber recorrido 680 km y superado 14.442 m de desnivel positivo acumulado (según nuestros GPS), sanos y salvos, sin haber padecido ningún contratiempo importante, ni avería mecánica o problema físico, más allá del cansancio normal en estas circunstancias o algún dolor causado por las largas horas sobre la bicicleta. La planificación que habíamos llevado a cabo se cumplió, realizando todas las etapas previstas. La CAT700 fue para nosotros dos un éxito total. Ahora vamos a por los jugosos detalles.

Día 0: l’Ampolla – Les; Los preparativos

Montaje y verificación de material el día anterior a la salida de la CAT700.

La CAT700 te convoca allí donde acaba, en l’Ampolla, el día anterior a la salida. Allí llevas tu bicicleta en una caja que viajará hasta Les mientras tú haces lo propio en un autocar fletado por la organización. Tras parar a medio camino para comer, llegamos a media tarde a Les. La organización ha habilitado una zona de verificaciones en un local municipal para que podamos montar las bicicletas y poder pasar el control de material. ¡Por suerte no me he dejado nada! He montado y desmontado las bolsas y he sacado y metido el material que voy a llevar varias veces, así que hay pocas sorpresas. Este es un proceso que habrá que repetir cada día y que conviene tener bien aprendido.

Con el material ya revisado por la organización y la bici lista, nos asignan la habitación en un hotel al lado mismo del local. Mientras esperamos la hora de la cena nos vamos a tomar algo en una terraza, la temperatura es buena y no llueve, pero el pronóstico para mañana no es tan benigno. Cenamos en el hotel junto a los demás participantes, solo nos queda descansar y relajarnos, si es que podemos, para estar mañana a las 7 h preparados. Yo creo que uno nunca está preparado del todo para cosas como estas. ¡Uno se presenta en la salida y ya está!

Día 1: Les – Rialp; Meteorología incierta

El Tuc dels Bandolers desde el Pla de Beret, cubierto de nubes. No fue a más.

El cambio de fechas causado por la pandemia, de junio a octubre, afectaba a la prueba principalmente en un aspecto: la pérdida de casi cinco horas de sol. La meteorología también iba a verse afectada, aunque no sabíamos cuánto. Octubre no suele ser un mes excesivamente frío, especialmente en un contexto de alteración climática que tiende a alargar los veranos, haciendo casi desaparecer el otoño meteorológico. Pero en esta ocasión lo que sucedió fue exactamente lo contrario: el invierno se adelantó. Ya el fin de semana anterior en los Pirineos se habían producido nevadas importantes para la época, y a medida que nos acercábamos al día de la salida, las previsiones meteorológicas apuntaban a frío y precipitaciones (de nieve en cotas por las que íbamos a ciclar). Esto provocó que a última hora incorporásemos al material ropa de más abrigo y decidir, casi la misma mañana de la salida, qué ropa íbamos a llevar definitivamente.

La organización de la CAT700 también tuvo en cuenta estas circunstancias, y decidió alterar el recorrido eliminando la primera subida importante, al Coll de Varradós (2049 m), para evitar esa altitud a primera hora de la mañana, y con la perspectiva de nevadas. Así que salimos de Les aún de noche, siguiendo el recorrido de la CAT700s (de menos kilometraje y desnivel), pasando por Viella y retomando el camino original en el Pla de Beret. Saliendo de Les, después de un tramo nocturno que combina pista y algo de carretera, retomamos la pista para atravesar Es Bòrdes y adentrarnos en el valle del río Joeu. Se hace de día y el primer paisaje de esta CAT700 es un precioso bosque otoñal. Personalmente, no lo pasé muy bien en esas primeras horas. Normalmente me cuesta encontrar el ritmo al inicio de una ruta larga, y la subida desde Salardú al Plà de Beret se me hizo especialmente dura. Al menos la lluvia no había hecho acto de presencia y las temperaturas, aunque frías, no eran extremas.

El refugio de Montgarri, muy concurrido un sábado al mediodía.

Recorremos la pista que desciende desde el Plà de Beret hasta el refugio de Montgarri esquivando a los muchos caminantes que se habían acercado hasta ahí esa mañana de sábado, y paramos brevemente en el refugio a tomar un tentempié. Desde ahí nos esperaba una larguísima bajada a través de las Valls d’Àneu hasta Esterri d’Àneu y bastante optimismo respecto al tiempo, ya que el sol empezaba a asomar entre las numerosas nubes. En Esterri d’Àneu paramos a comer algo más contundente, y empezamos a pensar que en vez de parar en Espot y dar por finalizada la etapa, podríamos continuar hasta Rialp. Al eliminar la primera subida al Coll de Varradós habíamos ganado un tiempo precioso y nuestra conservadora idea de llegar hasta Espot el primer día iba dejando paso a una prometedora primera etapa hasta Rialp.

Una breve parada para disfrutar del maravilloso paisaje de las Valls d'Àneu.

Pero antes debíamos subir hasta la estación de esquí de Espot, una subida que empezaba por carretera con un tramo de unos 10 km y que continuaba por pista hasta coronar el Coll de la Creu de l’Eixol (2233 m). En total unos 27 km en los que superamos un desnivel de casi 1300 m positivos. La subida, especialmente a partir del corto tramo de bajada que desemboca en el barranc dels Estanyets y que nos lleva a coronar, es una de las más duras de la CAT700, 2,5 km con un gradiente medio del 12%. Y una vez arriba, ¡a abrigarse! Guantes, gorro y una máscara cortavientos que utilizaba exclusivamente en las bajadas desde mucha altura y que evitaron lo peor del frío. El tiempo ya no era tan benigno e incluso veíamos relámpagos en el horizonte, y aún nos quedaba un tramo de unos 13 km que aunque bajaba más que subía, nos comía la moral ya que la pista estaba bastante rota y cuando nos encontrábamos un repecho las piernas nos recordaban la dura ascensión anterior. Pero al mismo tiempo, recorremos un tramo de gran belleza, a nuestra derecha tenemos el extremo este del Parc Nacional d’Aigüestortes i Estany de Sant Maurici y a nuestra izquierda la Vall d’Àssua, a cuya parte más baja, Rialp, nos dirigimos. Finalmente llegamos a la estación de esquí abandonada de Llessui y ahí sí que empieza la bajada de verdad.

Tras coronar el Coll de la Creu de l'Eixol era imperativo abrigarse para la bajada.

En esta dura CAT700 las bajadas pueden ser complicadas también y esta no fue una excepción. No tanto por el estado la pista, a estas alturas ya entras en una especie de trance o flow en el que automatizas los movimientos, sino porque estábamos a 3 grados de temperatura y mis pies y mis manos estaban muy fríos y con poca sensibilidad. Especialmente duro es el frío en las manos. En una ocasión pensaba que estaba apretando el freno y en realidad estaba presionando el manillar… Por suerte a medida que bajábamos la temperatura iba subiendo y ya en el pueblo de Llessiu, donde abandonamos la pista e iniciamos el descenso hasta Rialp, ¡los 5 grados nos parecían “calentitos”!

La Vall d'Àsua y unas inquietantes nubes al fondo. De nuevo, la meteorología estuvo de nuestra parte.

Desde Llessiu hasta Rialp el recorrido no tenía grandes dificultades. Aunque estaba anocheciendo, el firme de la carretera era excelente y todo en bajada. Pero aun así tuvimos un pequeño incidente en el que vale la pena detenerse para recordar que todos los detalles cuentan en una aventura así. Durante la bajada por carretera apareció un mensaje de batería baja en mi Garmin Edge 1030 que provocó que no recibiese una advertencia por haber abandonado el recorrido. Javier, que iba un poco por detrás, sí que tomo el desvío correcto y acabamos separándonos. Y yo acabé haciendo 4 km de más en la etapa. Mi error fue no tener en cuenta que después de casi tres años de funcionamiento mi Garmin no se vería afectado por el desgaste en la vida de la batería. Las 14 o 15 horas de duración de la batería a las que estaba acostumbrado se habían reducido hasta las 12 horas y media (aun así creo que la pérdida de rendimiento es más que aceptable después de un uso tan intensivo como el que le doy al GPS). Utilicé una batería externa para poder conservar todas las funciones del GPS intactas (en vez de utilizar el modo de ahorro de batería) y llegué a Rialp donde Javier me esperaba en la puerta del hotel tras haber hablado por teléfono y aclarado la situación. Esa noche, desde la habitación del hotel, a punto de irnos a dormir, pudimos comprobar, para nuestro asombro, y porqué no decirlo, para nuestro horror, como algún corredor no se detenía en Rialp sino que continuaba con el recorrido. ¡Y es que no hay una sola CAT700, si no tantas como participantes!

Tiempo transcurrido Tiempo en movimiento Distancia Velocidad media Velocidad máx Altitud ganada
12:48:15 10:41:43 155,33 14,52 63,72 3.577,00
horas horas km km/h km/h metros

Día 2: Rialp – Organyà; El tópico es cierto, no hay etapa fácil, por corta que sea

Nos detenemos un momento en la subida al Massís de l'Orri para contemplar la Vall d'Àssua.

Después de una primera etapa de más de 150 km y 3500 m de desnivel positivo, en la que habíamos “descontado” 50 km de la segunda etapa al haber podido continuar hasta Rialp, decidimos mantener la planificación y acabar la etapa en Organyà. Hay que señalar que con las nuevas fechas de esta CAT700 habíamos descartado la posibilidad de hacer vivac (algo en lo que mi experiencia es nula y no pensaba estrenarme en pleno octubre). Y que además, por las características del recorrido, las posibilidades de hacer esta etapa más larga y seguir “adelantando kilómetros” nos hubiesen obligado a continuar hasta Ponts para pernoctar, es decir, convertir una etapa de 78 km y 2500 m de desnivel positivo desde Rialp a Organyà en una etapa de 158 km y más de 4000 m de desnivel positivo desde Rialp a Ponts. Y máxime cuando ya nos habían advertido que el tramo Organyà – Ponts había sido bautizado por algunos participantes de la edición del año pasado como “Mordor”.

Con este plan nos dispusimos a iniciar esta “corta” y a priori “fácil” etapa, saliendo de Rialp, y empezando por un tramo de esos en los que te acuerdas del que ha diseñado el recorrido y te preguntas “¿por qué?”. ¿Tienen los diseñadores de rutas tendencias sádicas? Como diseñador de rutas yo al menos creo que no las tengo, y eso que hay veces que para llegar a un sitio concreto y evitar muchas vueltas es necesario pasar por sitios de poca o nula ciclabilidad, como el tramo en cuestión, que incluía un tramo de escaleras y un sendero pedregoso con mini tartera incluida. ¡La diferencia es que la carretera a la que poco después nos incorporaríamos circulaba paralela a nosotros!

Pasado este breve y anecdótico episodio de incomodidad (¡cómo nos gusta quejarnos a los ciclistas!), empezaba una de las mayores ascensiones de la CAT700, la subida a la estación de esquí de Port-Ainé, en el Massís de l’Orri: 1288 m de desnivel positivo en tan solo 16 km. El día había amanecido de nuevo con nubes y claros, pero sin rastro de la lluvia o de la nieve, y la temperatura, pese a calor generado por el esfuerzo, no era nada cómoda y naturalmente fue bajando a medida que ascendíamos, hasta llegar a los 0 grados en la estación de esquí. Al menos la subida se producía en el interior del bosque, protegidos por las fuertes rachas de viento que habíamos sufrido en los dos primeros kilómetros, aún por carretera.

De nuevo toca abrigarse, aunque poco después nos encontraríamos con una buena taza de café caliente, cortesía de la organización de la CAT700.

A punto de coronar nos encontramos una autocaravana de la que salió una persona que se identificó como parte de la organización y que nos ofreció un café, que primero decliné (no suelo tomar cafeína ya que me pone como las motos) y luego acepté en vistas de que me iba a hacer más bien que mal y de que a Javier le pareció una excelente idea. No sé si en otras ediciones ha habido una presencia similar de miembros de la organización, pero me pareció muy conveniente. Dadas las circunstancias mi impresión es que en esta edición estuvieron más atentos que nunca a los corredores y eso es algo que es muy de agradecer.

El refugio de las Comes de Rubió, una parada realmente estratégica.

La siguiente parada fue el refugio de las Comes de Rubió, una parada muy estratégica y a una hora perfecta para poder comer algo y poder continuar, dado que no íbamos a pasar por poblaciones que dispusieran de servicios hasta Organyà. En retrospectiva, debí comer algo más que un bocadillo ya que la siguiente ascensión, que tampoco era nada del otro mundo, se me hizo bastante larga. Después de cruzar la carretera en el Port del Cantó y descender un buen rato pasando por Biscarbó la ascensión partía de Junyent y subía hasta casi el Cim de les Piques (1969 m). ¡Volvíamos a estar casi a 2000 m! Como curiosidad, estuvimos circulando por parte del recorrido de la Transpyr 2015. Y esta vez sí que pude ver de cerca el muy pintoresco pueblo de Guàrdia d’Ares, que las tres veces que hice la Transpyr siempre miraba con curiosidad en la distancia. ¡Misión cumplida, pues!

Posando junto a unos fans en el Cim de les Piques.

Después de un breve descenso por carretera volvimos a las pistas y a ascender de nuevo para superar la Serra de Prada, esta vez con una pendiente más suave, hasta llegar a asomarnos a un espectacular balcón sobre la Vall de Cabó. Desde ahí iniciaríamos una vertiginosa bajada hasta el pueblo de Cabó. Si las subidas de la CAT700 pueden ser interminables, algunas bajadas también pueden serlo: ¡782 m de desnivel negativo en tan solo 7,5 km! Y por una pista que no estaba para tomar riesgos, con mucha gravilla y piedra suelta, llegué con las manos doloridas de frenar. Al llegar al valle nos esperaba un plácido descenso por carretera hasta Organyà, en pleno Congost del Segre. La etapa había sido corta en kilómetros, pero la velocidad media había sido penosa… habíamos pasado frío, incluso algo de hambre. ¡No hay etapa fácil!

La Vall de Cabó desde la Serra de Prada.
Tiempo transcurrido Tiempo en movimiento Distancia Velocidad media Velocidad máx Altitud ganada
08:53:43 07:36:18 78,86 10,37 49,68 2.469,00
horas horas km km/h km/h metros

Día 3: Organyà – L’Espluga de Francolí; ¿Ponts existe realmente?

Saliendo de Organyà toca subir, siempre junto a la Serra de Sant Joan.

Después de una etapa relativamente corta había que echar el resto y aprovechar el teórico tramo favorable entre Ponts y Rocafort de Vallbona (55 km y solo 600 m de desnivel positivo) para poder avanzar más rápidamente. Con 162 km y 3200 m de desnivel positivo iba a ser la etapa más larga de esta CAT700, y ya contábamos que llegaríamos de noche a l’Espluga de Francolí. El problema, era atravesar “Mordor” y llegar a Ponts, claro. Nadie hablaba bien de este tramo y eso nos preocupaba. La verdad es que Mordor no empezaba mal del todo, con 11 km de subida por carretera hasta Montanisell con una pendiente bastante asequible. Después de cruzar este pueblo y tras un pequeño tramo de bajada se seguía subiendo algún kilómetro más hasta coger la carretera de nuevo hasta Bòixols.

Con la imponente Serra de Carreu a nuestra derecha seguimos bajando un poco más por carretera hasta empezar a subir de nuevo y cuando estamos a punto de coronar el Pas de Finestres, dejamos el asfalto y entramos en un tramo en el que no encontraremos ninguna población ni ningún rastro de la civilización en casi 22 km. En este sector encontramos uno de los tramos más duros de esta CAT700, son menos de 4 km de pista pedregosa muy incómoda que transcurren en el interior de un bosque: 1,5 km subiendo con una media del 10% y 2 km de bajada con una pendiente media del 7,5% igualmente llena de piedras, y no precisamente de las pequeñas. A diferencia del Mordor original, el paisaje aquí es de gran belleza. Una vez salimos del bosque empezamos a carenar hacia abajo por la vertiente este de la Serra Mitjana, siempre viendo a nuestra izquierda los impresionantes riscos de la Serra d’Aubenç, y al fondo, la Vall de Rialp. Hasta El Molí Nou la pista va bajando, pero es también un descenso complicado, de fuerte pendiente y piedras que impiden que alcancemos velocidades altas. A mitad de la bajada encontramos a dos compañeros de la CAT700, uno de ellos ha tenido una caída sin consecuencias graves, pero ha doblado el disco de freno delantero. Después sabremos que han podido continuar… ¡sin freno delantero, qué cracks!

La Serra d'Aubenç, uno de los sectores más despoblados de la CAT700.

Desde El Molí Nou hasta el cruce con la C-1412b, carretera local, con un sube y baja muy “entretenido”. Tras un corto tramo de carretera, empieza un tramo que realmente se nos hizo muy largo (de ahí las dudas sobre si realmente algún día llegaríamos a Ponts). Son 22 km en los que se sube más que se baja (313 m vs 561 m), el típico tramo rompepiernas con subidas y bajadas cortas, atravesando un paisaje algo anodino, trufado de granjas, y cada vez más campos de cereales. En retrospectiva no era tan malo, pero creo que caímos presa del típico encabronamiento ciclista cuando uno se obsesiona en que el destino no acaba de llegar nunca. Y efectivamente, cuando más te obsesionas, peor. Poco antes de llegar a Ponts nos encontramos a otro miembro de la organización montado en su bicicleta de montaña que nos hace una breve actualización de la situación, tenemos por delante a Vicenç, Jordi y Adrià, tres participantes a los que nos vamos encontrando aquí y allá durante toda la prueba, y nos queda, ya de verdad, poco para llegar a Ponts.

¿Estará Ponts detrás del Turó de Montmagastre? No.

En Ponts, que al final sí existía, comemos bastante bien y rápido, nos quitamos ropa y partimos como una exhalación en dirección a un terreno bastante favorable y en el que avanzaremos a buen ritmo (16 km/h) durante casi 55 km. Oliola, Agramunt, Tàrrega, Verdú son poblaciones que atravesamos entre caminos rurales y pistas bastante rápidas. La tarde está cayendo y sabemos que llegaremos de noche, pero el final de etapa está cada vez más cerca. Saliendo de Rocafort de Vallbona ya empezamos a ascender con más regularidad, con la excepción de la travesía de Vallbona de les Monges, que nos obliga a bajar para luego volver a subir. Nos queda superar un último obstáculo, la Serra de Vilobí, que coronaremos justo donde se encuentra el parque eólico del mismo nombre. La bajada, ya de noche, empieza por carretera pero poco después la abandonamos para seguir por una pista bastante rota. Por suerte las luces cumplen su cometido y tras un tramo que se nos hace bastante largo, llegamos a una desierta Espluga de Francolí casi a las 9 de la noche. Desde Tàrrega habíamos reservado ya habitación en un hotel, pero casi todos los restaurantes estaban cerrados (era lunes 12 de octubre, después de un fin de semana largo, la restauración daba el puente por acabado).

Magnífica exposición de bicicletas de la CAT700 en Ponts.

Nos juntamos un grupo de participantes y marchamos en busca de los preciados carbohidratos, que finalmente encontraremos en un bar regentado por emigrantes chinos que han tenido la genial idea de mantener una parte de la carta con cocina típica de su país. Mejor opción imposible. Me como un arroz tres delicias y una ternera picante (con más arroz) de maravilla. Irnos a dormir con la barriga bien llena de carbohidratos es la mejor manera de acabar el día.

Tiempo transcurrido Tiempo en movimiento Distancia Velocidad media Velocidad máx Altitud ganada
13:14:36 11:23:54 162,36 14,25 50,76 3.221,00
horas horas km km/h km/h metros

Día 4: L’Espluga de Francolí – Bot; Salvado por un plato de lentejas

Mirador en las Muntanyes de Prades, frente a nosotros las comarcas de les Garrigues y la Conca de Barberà.

Cuarta etapa, o penúltima, según se mire, y de momento todo está saliendo bien. Perdidos a veces entre los preparativos diarios, se nos pasa que vamos avanzando día tras día y que el final del camino en l’Ampolla está cada vez más cerca. Al mismo tiempo, hay que seguir avanzando, ayudados por las mismas rutinas que nos han llevado hasta aquí,  y cada día se nos presenta con una nueva cara, de momento no muy adversa.

Desayunamos algo frugalmente, pero a esa hora las opciones son pocas, y un café con leche y una pasta nos dará algo de energía hasta que podamos parar a comer algo más adelante. El suministro de barritas y geles no se ha agotado todavía y aunque no es la principal fuente de alimento nos permite ir tapando huecos aquí y allá. A las intensidades a las que pedaleamos no vamos a agotar fácilmente nuestros depósitos de glucógeno y padecer la temida pájara, pero al mismo tiempo pasamos mucho tiempo pedaleando y no hay que dejar mucho tiempo sin comer alguna cosa.

Para nosotros el día empieza subiendo a Prades. Después de pasar junto al monasterio de Poblet abandonamos rápidamente la carretera y entramos en un camino asfaltado que va serpenteando mientras sube por el Torrent de Castellfollit. Este camino de casi 4 km transcurre por un encinar entre espectaculares formaciones graníticas y acaba en la casa forestal de Castellfollit. A partir de ese momento el camino asfaltado se convierte en pista, continuando la ascensión a través del Paratge Natural de Poblet. La ascensión se interrumpe justo cuando el camino llega a la vertiente oeste de las Muntanyes de Prades, ofreciéndonos una magnífica vista panorámica de las comarcas de Les Garrigues y la Conca de Barberà, aunque el día estaba bastante nublado y la visibilidad no era la mejor. Tras un corto enlace por carretera, llegamos a Prades, donde nos encontramos con Eliseu T. Climent, alma mater de la CAT700, revisando los localizadores GPS. Compramos un par de plátanos y decidimos seguir hasta Cornudella de Montsant para parar allí y comer algo más consistente.

Saliendo de Prades nos espera una rampa cementada que acaba en el típico depósito de aguas. ¡Desconfiad de estos depósitos, siempre los ponen en lo alto! La bajada hasta Cornudella es rápida y divertida, aunque al final el camino empeora y se rompe, por lo que hay que ir con más cuidado. Mientras bajamos tenemos siempre a nuestra derecha la Serra de Montsant, conocida por sus formaciones de rocas conglomeradas, visión que nos acompañará buena parte del camino hasta que nos alejamos hacia el suroeste después de pasar junto a la Vilella Alta. En Cornudella paramos a comer un bocadillo de tortilla de queso, que es uno de nuestros clásicos para los avituallamientos.

La Serra de Montsant, uno de los paisajes icónicos del Priorat.

Esta zona es muy característica, además de por las formaciones de la Serra de Montsant, por su paisaje de viñas en terrazas. Es puro Priorat. En esta época del año, cuando las parras empiezan a secarse y cambiar de color, el paisaje es espectacular. Al llegar a Poboleda tomamos la carretera hasta el desvío a Escaladei y allí continuamos por pista, de nuevo entre viñas. Poco después abandonamos el camino para pasar por un sendero de subida apenas ciclable que nos dejará en la ermita de la Mare de Deu de la Consolació, justo encima de Gratallops. Desde ahí, más carretera con subidas y bajadas hasta que después de El Molar, abandonamos la carretera y empezamos a bajar hasta hacia García, junto al río Ebro.

Ermita de la Mare de Deu de la Consolació, en Gratallops, Priorat (Tarragona).

Para mi este es uno de los lugares icónicos de la CAT700, el cruce del río Ebro por el puente ferroviario. En el lado sur se puede ciclar y cruzamos emocionados, y un poco preocupados por las fuertes rachas de viento. Suerte que el viento nos empuja hacia el centro del puente y no hacia la pasarela que nos separa del río, que no parece muy segura. Avanzamos hacia Mora d’Ebre con la idea de comer algo allí antes de emprender el último tramo del camino hacia Bot. Le comento a Javier que podríamos parar en un horno o similar para coger algo y seguir. Pero mi compañero me dice que necesita algo más que una pasta. Son casi las 4 de la tarde y conocemos un bar justo después atravesar el puente que cruza el Ebro hacia Mora por la antigua N-420. Nada más sentarme me doy cuenta de que estoy algo grogui… ¡yo también necesito comer algo más que una pasta!

Las mañanas son de Javier, las tardes, mías.

Originalmente había pensado que en esta CAT700 iba a seguir una estrategia de minimizar las paradas, comiendo sobre la bicicleta si era preciso, tal y como suelo hacer en las UXCM de un día, pero durante la CAT700 me he dado cuenta de que esto es sostenible un día, dos máxime, pero que mi cuerpo necesita comida de verdad para resistir jornadas tan largas pedaleando. De esto me doy cuenta cuando ponen ante mí un maravilloso plato de lentejas. A las dos cucharadas sé que me va a sentar genial. ¡Salvado por un plato de lentejas!

Un raro momento en el que rodamos junto a otra pareja, Mario y Josep.

Salimos del bar rehechos y cuando retomamos el recorrido, nos encontramos de nuevo a Vicenç, Jordi y Adrià, quienes nos acompañarán de nuevo durante un rato. Saliendo de Mora d’Ebre el camino va subiendo de manera suave hasta que nos encontramos con unas buenas rampas que tras una bajada nos dejan en la ermita de Sant Jeroni. Así superamos la Serra de Pàndols, pero desde aquí hasta Corbera d’Ebre sigue un tramo que también se nos hace algo largo, subidas y bajadas entre campos de cultivo y pequeñas masías, que culmina en otra buena rampa cementada que superamos para ya bajar definitivamente hasta Corbera. En Corbera las fuentes están cerradas por la COVID19, así que paramos en un supermercado a comprar agua y algún refresco azucarado, y allí recibimos la visita de un aficionado local que sigue a los participantes de la CAT700 a través de la web de tracktherace.com y que se ha acercado a saludarnos. ¡Es todo un detalle y es definitivamente algo que haría yo mismo!

De Corbera a Gandesa continuamos nuestra marcha entre campos de cultivo y granjas. Son las siete y pico de la tarde y me paro en la primera farmacia que vemos en Gandesa. Compro antiinflamatorio en pastilla y en crema. Las lumbares y  las cervicales están ya pidiendo a gritos descanso, y aún nos queda una buena etapa mañana. Desde Gandesa a Bot, tras superar un par de repechos, es todo bajada, pero ya está anocheciendo y hay que tener cuidado porque la pista es rápida y cogemos velocidad fácilmente. Llegando a Bot hemos de enlazar con la vía verde a través de un pequeño túnel, pero como vamos a parar a dormir aquí y más o menos sé dónde estamos me lanzo hacia el pueblo a toda velocidad. ¡Acierto a encontrar el Molí de Bot a la primera!

Los tres ciclistas, Vicenç, Jordi y Adrià, que nos vamos encontrando también han reservado en este albergue, que tenemos para nosotros solos. Esta noche cenamos todos juntos y bastante bien, en el restaurante del único hotel de Bot. Es un pequeño “homenaje” que nos damos, teniendo en cuenta que mañana es la última etapa y promete ser dura.

Tiempo transcurrido Tiempo en movimiento Distancia Velocidad media Velocidad máx Altitud ganada
11:49:46 09:44:09 126,90 13,04 52,92 2.804,00
horas horas km km/h km/h metros

Día 5: Bot – l’Ampolla; els Ports como último obstáculo

Les Roques de Benet, imponentes formaciones rocosas dels Ports, vistas desde Arnes.

Es el último día de la CAT700 y tenemos por delante todavía más de 150 km y un desnivel nada desdeñable, por encima de los 2000 m acumulados y prácticamente todo concentrado en los temibles Ports. Salimos de Bot aún de noche tras tomar un café con leche y una magdalena en el único bar del pueblo abierto a esas horas.

Empezamos circulando por la vía verde, lo cual es una cierta garantía de seguridad, sin tráfico, con una pendiente ascendente pero suave. Lo único que nos preocupa es que está lloviznando, pero por suerte no pasará de ahí. Amanece rápidamente y una hora más tarde llegamos a Arnes, donde tenemos previsto parar a hacer un desayuno más fuerte, que nos prepare para la ascensión importante del día. Nos cuesta un poco encontrar el bar que buscábamos, pero vale la pena, con una gran terraza (que no aprovechamos porque la temperatura es aún baja y llegamos helados al pueblo) que se asoma al imponente Massís dels Ports.

¡Para ser el quinto día de ruta nuestro aspecto no es del todo malo!

Mientras desayunamos vemos un rato la televisión y nos enteramos de que está previsto que bares y restaurantes cierren en un par de días para frenar los contagios de la COVID19. Cada vez tengo más claro que la CAT700 de este año, esquivando nieve y lluvia, confinamientos y cierres de bares, es un milagro. Otro de los efectos secundarios de cruzar Catalunya en bicicleta de montaña en solo cinco días es que queda poco tiempo para preocuparse por la actualidad, que últimamente (y no lo digo solo por la pandemia) es tristísima.

La Penyagalera, otra de las espectaculares formaciones de los Ports

Salimos de Arnes con el depósito lleno en dirección a Beseit. Lo hacemos bordeando ya el Parc Natural dels Ports, primero por pista asfaltada y después ya por caminos, dejando a nuestra izquierda la peculiar montaña de la Penyagalera y siguiendo un valle en el que se cruzan los ríos Algars y Ulldemó. El sol no acaba de salir y el ambiente es frío. ¡Al menos no pasaremos calor subiendo els Ports! En Beseit paramos a rellenar los bidones, ya que no encontraremos fuentes hasta prácticamente la Sènia, una vez acabado el descenso dels Ports. En Beseit nos espera también una persona de la organización que me cambiará el localizador GPS. No servirá de mucho, porque seguirá sin funcionar bien a partir de aquí, pero el de Javier sí que lo hará, así que al menos nos tendrán controlados, ya que como buenos compañeros, nunca nos alejamos mucho el uno del otro.

Por suerte, las peores rampas de nuestro paso por els Ports las encontramos al principio de la ascensión, cuando aún estamos frescos.

Saliendo de Beseit circulamos por una carreterita encajonada en un estrecho valle. Es el inicio de una ruta que tiene muy buena pinta, llamada El Parrisal y que nosotros abandonamos haciendo un giro hacia la derecha y cruzando el río Matarraña. En seguida els Ports nos muestran su tarjeta de presentación, en forma de dos buenos repechos de más de 300 m de longitud y con un gradiente de entre el 14 y 15%. Por suerte serán los más duros de esta larguísima ascensión, de unos 21 km hasta que empieza definitivamente la bajada hasta el embalse de Ulldecona. Subimos en silencio, en un ambiente frío, con los rayos de un sol que no acaba de encontrar un pasaje entre las nubes, sabiendo que solo nos queda tener paciencia: ¡la subida acabará alguna vez!

Mientras subimos intento adivinar qué es lo que viene por delante, ¿más subida, alguna bajada que nos dé un respiro? Podría activar la función Climb Pro del Garmin, que te da toda esa información, pero en esta CAT700 he decidido no activarla. Prefiero distraer mi mente haciendo cábalas sobre si ese azul que asoma entre los árboles anuncia que coronaremos pronto, o si ese giro súbito significa que aún no pasaremos a la vertiente desde la que podríamos ver el mar. Sabiendo que el perfil de la etapa, una vez nos acerquemos a la parte a más altura dels Ports tiene diversas cimas, de nuevo se impone la paciencia.

La primera bajada después de coronar els Ports, nuestro recorrido nos llevaría a afrontar dos subidas más.

Justo después de coronar una de esas “cimas provisionales”, nos encontramos de nuevo con Vicenç, Jordi y Adrià, que se han parado a comer un bocata. Lo llevan bien, y los dejamos ahí, disfrutando del alto en el camino. El día sigue nublado, el viento sopla  fuerte aquí arriba y Javier y yo llevamos el chip de “subamos y bajemos els Ports cuanto antes y ya pararemos en la Sènia a comer decentemente”.

Aunque el sol ya se imponía y la temperatura iba subiendo durante la bajada, aún estábamos a 1000 m y la ropa no sobraba.

Casi tres horas después de iniciar la ascensión llegamos al punto en el que ya no quedan subidas importantes, sino un larguísimo y revirado descenso hasta el embalse de Ulldecona. Nos habían advertido de que la pista estaba en mal estado. Francamente, me la esperaba mucho peor, en algunos puntos encontramos surcos profundos y en general, mucha piedra suelta, pero nada fuera de lo habitual. Pero lo que hace realmente dura esta bajada es lo larga que es. Son casi 20 km bajando, con algún repecho intercalado, y eso pasa factura a nuestros cuerpos ya bastante machacados. Para compensarlo, el paisaje es un espectáculo, la pista se retuerce entre barrancos y riscos rocosos y aunque no hay que perder de vista el camino, levantamos la vista en cuanto podemos para maravillarnos con las vistas. El recorrido sigue uno de los tres barrancos que alimentan el embalse de Ulldecona, el Barranc de la Fou, hasta la cabecera del embalse. Tardamos una hora y veinte minutos en bajar esos 20 km, y cuando pisamos el asfalto de la carretera que cruza el embalse la sensación es increíble. ¡Hemos dejado lo peor atrás!

Disfrutamos de lo lindo de la bajada por carretera hasta la Sènia, después de horas de traqueteo, de esquivar piedras, de un pedaleo esforzado, pisar asfalto y en bajada es… ¡el paraíso! En la Sènia, después de dar alguna vuelta de más buscando una terraza donde comer algo, paramos finalmente. Y no solamente a comer, yo me doy una buena friega de pomada en las lumbares, que están ya en las últimas. Ya no nos quedan grandes desniveles que superar, pero por experiencia sé que los últimos kilómetros de una gran etapa, y más si llevamos varios días de ruta, nunca son tan fáciles como parecen.

Dejamos atrás els Ports despidiéndonos con esta magnífica panorámica en nuestro camino a Ulldecona.

Saliendo de la Sènia cogemos velocidad por carreteras locales y caminos rurales entre olivos, ¡vamos lanzados a toda velocidad por la Plana del Baix Ebre! Pero pronto empezamos a maldecir de nuevo, uno de estos caminos entre campos de cultivo se convierte en una trampa de cantos rodados que hace que avanzar sea una tortura. Por puro pundonor no me bajo de la bici, ¡corona grande y a exprimir esas piernas, que ya falta poco! Sabemos que tenemos un pequeño puerto por carretera por delante para llegar a Ulldecona. Es una bonita carretera con un ascenso muy suave y tendido y que de repente gira sobre sí misma para mostrarnos en toda su magnificencia el Parc Natural dels Ports. Le encuentro un sentido inmediato a subir ese puerto: nos permite contemplar de dónde venimos, lo que hemos subido y bajado para llegar hasta aquí.

Después de atravesar Ulldecona avanzamos de nuevo entre campos de cultivo, aceite y vino, la esencia de esta tierra. Circulamos por carreteras rurales muy estrechas, con un asfalto que a veces está muy roto. Es un terreno algo rompepiernas, subiendo, bajando, y de nuevo salen de nuestras bocas las maldiciones del ciclista encabronado. Vamos rodeando la Serra del Montsià por la vertiente interior y finalmente nos asomamos a Amposta y al Delta de l’Ebre. ¡Esta sí que ha sido la última subida de esta CAT700! Paramos en una gasolinera en Amposta para llenar los bidones por última vez y tomar una bebida energética. Cruzamos el Ebro de nuevo, esta vez en sentido norte y rápidamente abandonamos la carretera para adentrarnos en el laberinto de caminos rurales y canales fluviales del delta. Por delante vemos a dos ciclistas, Mario y Josep, ya los hemos saludado antes en el embalse de Ulldecona, donde se han parado a comer un bocata y ellos han hecho lo propio con nosotros en la Sènia, cuando los que estábamos parados comiendo éramos nosotros.

Javier y yo nos ponemos a tirar hasta alcanzarlos y seguimos con ellos hasta la llegada en l’Ampolla. Es una lástima no haber coincidido finalmente también con Vicenç, Jordi y Adrià, que van unos veinte minutos por detrás, pero al menos ayer compartimos con ellos la cena y pudimos tener un rato relajados juntos. Me obligo a ser consciente de estos últimos kilómetros: “disfruta”, me digo, “nos lo hemos ganado”. Vamos a llegar de día, todo ha salido bien, y tenemos el final del camino ya muy cerca. Ya solo caben pensamientos positivos, satisfacción, lo negativo, que ha sido realmente poco, queda atrás. A medida que nos acercamos al camping miembros de la organización vienen a nuestro encuentro, algunos en bicicleta nos acompañarán incluso en esa sorpresa del último kilómetro que consiste en unos inofensivos metros circulando por un camino de arena fina ya muy cerca del mar. Los verdaderos últimos metros son de euforia total, qué alegría estar de vuelta aquí, después de cinco días de travesía, cuando todo ha salido bien. Chocamos los puños con Javier, atravesamos el pequeño arco de meta de la CAT700 y frenamos por última y definitiva vez para detenernos y recibir el saludo de Eliseu, Marc y otros que han velado por nosotros, en un discreto segundo plano, durante esta milagrosa CAT700.

Tiempo transcurrido Tiempo en movimiento Distancia Velocidad media Velocidad máx Altitud ganada
11:42:08 10:09:26 156,87 15,44 57,24 2.371,00
horas horas km km/h km/h metros

Novatos en la CAT700

Breve parada en Junyent, Alt Urgell (Lleida), antes de afrontar la ascensión hacia el Cim de les Piques.

En los últimos cuatro años me habré preinscrito unas tres veces en la CAT700, sin llegar nunca a formalizar la inscripción. Dos Transpyr e impedimentos varios lo han evitado. Pero en este 2020, todo parecía alinearse para intentar el reto de la CAT700 en bicicleta gravel. Como es sabido 2020 se ha convertido en una especie de película de desastres a causa de la pandemia de la COVID19. Quizás no era el mejor año para estrenarse en la CAT700, para mí el cambio a octubre la ha hecho aún más dura (excepto por las temperaturas, prefiero el frío al calor), y eso se ha reflejado en forma de muchas dudas e inseguridades. Los planes de entrenamiento tuvieron que variar, el material también. No en pocas ocasiones ha rondado mi cabeza la idea de posponer mi participación, o incluso en cambiar al recorrido corto que se inauguraba este año. Finalmente, cuando Javier me dijo que se apuntaba también, esto me ayudó a cambiar un poco de mentalidad. Ir en pareja desde luego te da más seguridad, y sobre todo con alguien con quien ya has compartido viajes parecidos. Sabíamos que si las cosas se complicaban siempre nos podríamos pasar al recorrido corto o recortar algo la ruta, como hicieron algunos participantes. El objetivo era llegar el miércoles por la tarde/noche a l’Ampolla, si era siguiendo el recorrido de la CAT700, perfecto, si hacía falta recortar, pues se hacía. Fuera estrés, fuera presión. Nosotros, nuestras bicis y a ver qué pasaba.

Como he adelantado al principio de este texto, lo que pasó es que esquivamos el mal tiempo y los confinamientos, nuestras bicis se comportaron magníficamente, no tuvimos ningún percance y nuestros cuerpos llegaron machacados pero con unas fuerzas muy dignas hasta la última etapa. Desde luego haríamos algunas cosas diferentes si volviésemos a tomar la salida. Yo llevé ropa ciclista que finalmente no me puse y me sobraron algunas barritas y algún gel. Mi equipaje sería mucho más minimalista, pero en lo básico acertamos.

Y respecto a cómo le ha ido al resto de participantes, podemos deducir el porcentaje de finishers según cálculos propios a partir de los datos ofrecidos por TrackTheRace. De los 32 inscritos a la CAT700, 6 corredores acortaron el recorrido o bien se pasaron al recorrido de la CAT700s, mientras que 3 corredores se retiraron. En la CAT700 el porcentaje de finishers (incluyendo a los que acortaron y a los que se pasaron al recorrido corto) fue del 81,25%. Respecto a la CAT700s, de los 20 inscritos, 3 se retiraron, por tanto, el 75% de los participantes fue finisher. No recuerdo exactamente los porcentajes de años pasados, pero creo que la proporción de finishers este año es mayor. ¡Bravo por los participantes!

El recorrido de la CAT700

Respecto al recorrido, me lo había imaginado más rodador, especialmente viendo que en anteriores ediciones había no pocas bicicletas gravel o bicicletas de montaña rígidas (incluso sin amortiguación en la horquilla). Aunque no es la primera ruta de bikepacking que hago con esta bicicleta, esta ha sido sin duda la más larga, y tantas horas de bicicleta por la montaña, sin suspensión, acaban pasando factura. El penúltimo día tuve que recurrir a los antiinflamatorios, pero las molestias fueron eso, molestias que no nos impidieron acabar esa última etapa de más de 150 km y 2300 m de desnivel. Viendo las cosas con un poco de perspectiva, el recorrido no estaba especialmente roto, he hecho rutas con mi bicicleta gravel mucho peores, lo fundamental aquí es la acumulación de kilómetros y de desnivel, que desgastan mucho más en una bicicleta gravel.

¡Bikefinisher aprueba este recorrido!

Si levantamos la vista sobre el terreno que pisamos el veredicto es claro: el trabajo de los creadores de la CAT700 es sobresaliente. Desde las cumbres pirenaicas a más de 2000 m de altura a los arrozales del delta de l’Ebre se cruza una notable variedad de relieves, clima y vegetación. Personalmente destacaría la visión al coronar el Coll de la Creu en la primera etapa, después de subir desde Espot. La visión de esos valles profundos, tan cerca de picos de más de 2000 m te sitúa en un escenario monumental. Sin duda ese enorme gradiente entre los valles y los picos resulta en paisajes excepcionales, y nos da espectáculos como las Valls d’Àneu o la Vall d’Àssua. También pudimos ser testigos del cambio de color en los hayedos que se produce en esta época del año, tanto en los Pirineos como en els Ports. Otros paisajes, más fuertemente humanizados, como la incursión que el recorrido hace en el Altiplà Central, quizás son menos espectaculares, pero para mí tienen un gran valor didáctico (¡además de que permiten rodar rápido!), precisamente porque nos permiten ver de primera mano cómo ha alterado la agricultura el paisaje. El ser humano es también un elemento, que como las fuerzas geológicas, modifica el territorio. Quizás lo mejor de todo, lo que hace que la CAT700 sea única, es que te permite observar todos estos cambios en un continuo, y por el efecto del contraste, la experiencia es mucho más potente. Hay visiones de esta CAT700 que nunca olvidaremos.

Barranc de la Fou, els Ports. Contemplar estas vistas no es gratis, pero el esfuerzo se paga con gusto.

Aunque le otorga un plus de dureza nada desdeñable, la inclusión dels Ports al final del recorrido, en vez de seguir el Ebro hasta el delta, creo que es muy acertada. La CAT700 acaba como empieza, con desnivel, pero en un entorno y un clima muy diferente a los Pirineos. Salvar els Ports el último día de la ruta, con unos 500 km ya a cuestas es casi obligado para una prueba que, como toda brevet o non stop, se acerca a los límites de lo razonable (excepto para unos seres muy especiales que son capaces de completar el recorrido en apenas dos días y medio, o en tres y pico, como estos dos empleados de Tactic). Y es que el ciclismo de resistencia implica ciertas dosis de sufrimiento. ¿Por qué sufrimos los ciclistas motu proprio? Mi respuesta es que siendo un sufrimiento voluntario nos preparamos para ello, entrenándonos y mentalizándonos para que sea tolerable, tanto para nuestras piernas como para nuestra cabeza. Y ese sufrimiento, cuando culmina en la consecución del objetivo, siempre deja paso a una dulce y física satisfacción. Y esos contrastes entre sufrimiento y satisfacción son los que ayudan a fijar en la memoria aventuras como estas.

Preparación física y rendimiento

Entrenamiento estructurado. Da palo pero funciona.

Aunque no me sirva para subir a los podios ni para romper ningún record, me entreno de manera estructurada durante una buena parte del año, intentando controlar todas las métricas relativas al rendimiento: potencia, ritmo cardiaco, calorías, etc. Es casi una afición paralela al ciclismo, porque soy un friki de los datos y es que el deporte de resistencia tiene mucho de autoconocimiento, y cuantos más datos, mejor. Los grandes disruptores este año han sido sin duda los diversos confinamientos que se han sucedido, y los aplazamientos que han sufrido muchas pruebas, entre ellas la CAT700. Normalmente, a partir de finales de enero empiezo a aumentar la frecuencia de los entrenamientos, pasando de 3 o 4 salidas semanales a 5 o 6, e introduciendo entrenamientos estructurados (los famosos intervalos). Así que cuando llegó el primer confinamiento, a mediados de marzo, ya estaba en plena progresión de la carga de entreno. Por suerte pude seguir entrenando utilizando el rodillo, y de los 49 días de confinamiento total entre el 16 de marzo y el 2 de mayo, hice 44 sesiones, de una media de 1 hora y 20 minutos. La idea era hacer un trabajo de mantenimiento, intentar no perder demasiado la forma, pero tampoco incrementando la intensidad como sería lo habitual otros años en estas épocas, ya que no sabíamos aún qué iba a pasar con la CAT700, y un eventual aplazamiento (como así sucedió), obligaba a intentar conseguir un pico de forma más tarde de lo habitual.

En el pasado he seguido planes de entrenamiento supervisado por un profesional, especialmente en 2018, en el que corrí algunas carreras de la Scott Marathon (carreras de XCM) y también la Transpyr. La experiencia fue buena y además algo aprendí sobre los entrenamientos estructurados utilizando datos de potencia, aunque también acabé dándome cuenta de que para mis objetivos a partir de este año (la CAT700 y otros proyectos relacionados con la exploración y la creación de rutas gravel), era suficiente con reciclar entrenamientos estructurados que había seguido en el pasado. A finales de julio decidí comprar un plan de entrenamiento específico para bikepacking por etapas de Eduard Barceló, a quien hace tiempo que sigo en su blog y me gusta su filosofía. Este tipo de planes sin supervisión te permiten cargar en la plataforma Training Peaks las sesiones de entrenamientos y a partir de ahí personalizar los entrenamientos a conveniencia. Y es que julio y agosto suelen ser meses en los que el momento álgido de la temporada ya ha pasado y uno se dedica más a compatibilizar la vida familiar y las vacaciones con salidas mucho más relajadas y recreativas, sin más objetivo que pasarlo bien y disfrutar de la bici y la forma conseguida ese año. Y este año, con todo lo sucedido, no quería ni podía supeditar las vacaciones familiares a un plan de entrenamiento estricto.

En mi opinión, en una prueba como la CAT700, si se llevan ya años manteniendo un volumen considerable de horas anuales y además nuestro objetivo es utilizar los cinco días disponibles y no ponerse un objetivo más exigente, como acabarla en cuatro días o menos, es suficiente con dedicar un volumen de horas semanales alto. Esto no quiere decir abandonar los entrenamientos estructurados, especialmente aquellos que incluyen intervalos de alta intensidad, ya que son fundamentales para mantener un buen estado de forma. Pero tampoco requiere necesariamente de supervisión y en mi caso necesitaba además cierta flexibilidad durante julio y agosto.

Mi 2020 ciclista según las métricas de rendimiento de Training Peaks.

Finalmente, en septiembre, a un mes del inicio de la CAT700, hicimos un viaje de bikepacking por carretera de cuatro días, en el que sumamos 641 km y 10200 m +. Creo que es muy importante, más allá de los entrenamientos habituales, hacer actividades largas y seguidas de este tipo, sobre todo para acostumbrar al cuerpo a estar muchas horas de pedaleo durante varios días seguidos. Cuando nos acercábamos ya al inicio de la prueba solo tuve un contratiempo, justo la semana antes de la CAT700 pasé por un resfriado leve, y para no arriesgarme, decidí descansar hasta estar del todo recuperado. Llegué a la CAT700 con un nivel de entrenamiento (fitness en la gráfica) más bajo de lo que hubiese tocado sin esa semana de descanso por el resfriado, pero al mismo tiempo mis niveles de fatiga eran bajos y los de forma bastante altos. Para ciclistas de mi edad se aconseja hacer pocos descansos largos, y en mi caso tengo comprobado que funciona: una buena densidad de entrenamientos, vigilando la duración y la intensidad para no excederme con los niveles de fatiga, me funciona mejor que una estructura que agrupe periodos de descanso y de actividad. Por ello, la semana de descanso forzado no me ayudó mucho, y sabía que el primer día me costaría un poco arrancar, pero que cogería el ritmo de nuevo rápidamente, como así sucedió.

Durante la CAT700 el rendimiento fue el esperado en una prueba de estas características. Las métricas que utiliza la plataforma Training Peaks hay que tomarlas con cierta prudencia, ya que hay factores que tienen que ver con el estado general de salud, nutrición, estado de ánimo, etc, que evidentemente nos afectan y que no se ven reflejados en los números que Training Peaks nos ofrece. Pero en general son un buen indicador, especialmente si se utiliza un potenciómetro. Mediante una prueba de 20 minutos se establece el llamado Umbral de Potencia Funcional (FTP en inglés) y a partir de éste se determina la intensidad de los esfuerzos en cada entrenamiento, pudiendo derivar numerosas estadísticas, entre las que destacan el Factor de Intensidad (IF en inglés) y la Puntuación de Estrés del Entrenamiento (TSS en inglés). El IF nos dice a qué intensidad hemos pedaleado, y el TSS la carga de estrés que nos ha producido la etapa. En esta entrada del blog explico estas métricas con algo más de detalle.

A esta intensidad, hasta el fin del mundo.

Comparando con la Transpyr 2018, los datos de IF son muy similares, con una media por etapa de 0,62 IF respecto a la Transpyr que fue de 0,63. Los datos de IF conseguidos son algo conservadores respecto a la intensidad que podría llegar a mantener en una ruta larga de un solo día. Por ejemplo, en la Quebrantahuesos 2019 pude mantener un IF de 0,73 para un recorrido de casi 8 horas, 198 km y 3624 m +. Pero siempre hay que tener en cuenta la fatiga que se va acumulando con los días, por tanto esa IF de 0,62 entra de pleno en lo que estoy acostumbrado en pruebas de varios días y sobre todo me da la seguridad de que voy a poder aguantar sucesivas etapas sin que el rendimiento caiga mucho. De hecho esto me da mucha confianza porque sé que en un determinado momento puedo ir un poco más allá si es necesario. Personalmente me gusta ser conservador en este aspecto, y suelo ir encontrándome mejor a medida que avanzan los días. Prefiero ser un poco más lento pero tener energías en reserva.

Además, a diferencia de la Transpyr, con avituallamientos asegurados cada 20 km, y servicio de fisioterapia y mecánica al finalizar cada etapa, las posibilidades de recuperación entre etapa y etapa son menores, por lo que estoy muy contento de haber conseguido niveles de intensidad similares en peores condiciones para la recuperación. Y eso sin contar que he hecho las tres Transpyr con bicicleta de doble suspensión y con mucha menor carga de equipaje. Teniendo todos estos factores en cuenta, el resultado ha sido muy bueno.

Material

¡Gravelman y su equipo para la CAT700!

Sin haber sufrido ningún tipo de avería, ni en mi bicicleta ni en la de Javier, podemos concluir que el material ha funcionado a la perfección. En el apartado de roturas, solo destacar un soporte de luz roto por parte de Javier (para eso llevábamos un frontal de sustitución) y por mi parte un sillín roto, aunque no me di cuenta de ello hasta pasados unos días. Seguramente bajando a toda castaña por uno de los toboganes que hay llegando al embalse de Ulldecona pillé un bache mientras iba sentado, noté un golpe seco, pero pensé más en un llantazo, le eché un vistazo, no vi nada y me olvidé.

Uno de los cambios de última hora que realicé fue cambiar el plato de 34 dientes por uno de 32. Con una piñonera de 11-46, el 34 me funciona muy bien y la verdad es que aunque mi intención original al comprar la Albarda era montar un cassette de 12 velocidades, al estilo del Eagle de SRAM, ahora pienso que no es tan necesario como pensaba. En realidad la única ventaja que le veo sería montar un plato de 36 o 38 y aprovecharlo para poder ir más rápido en llano. No pesé la bicicleta con todo el material antes de partir, y creo que hice bien, porque sí que lo hice al finalizar la CAT700 y el peso se iba por encima de los 17 kg… y la bici desnuda pesa unos 9,6 kg. ¡Yo creo que afronté mejor la CAT700 sin saber este dato!

Yendo con una bicicleta gravel, la elección de los neumáticos, tanto en el ancho como en el diseño de los tacos, era una cuestión importante. El gravel que suelo hacer es bastante montañero, y esto necesita tanto de seguridad en las bajadas como buena tracción en las subidas. Con unas cubiertas de 47mm de ancho (1,85 pulgadas) y un diseño de tacos totalmente de MTB, mis ruedas poco tenían que envidiar a las ruedas que podía llevar una MTB (exceptuando el ancho). Estas Hutchinson Toro CX son todo un descubrimiento para el tipo de gravel que hago, incluidas incursiones en territorio claramente MTB. Junto con la geometría de la Albarda, te permiten hacer senderos bastante técnicos, si bien no con la misma rapidez de una MTB, pero sí con mucha seguridad.

Una etapa más corta nos permitió tener tiempo para hacer algo de mantenimiento.

También llevaba un par de botes pequeños de lubricante, uno para mojado y otro para seco. Esperando lluvia el primer día utilice el lubricante para mojado. El segundo día en Organyà pudimos limpiar bien las bicis y viendo que ya no se anunciaban lluvias, quise utilizar el lubricante para tiempo seco. El conducto debía estar obstruido porque al intentar aplicarlo y viendo que no salía nada del bote, apreté más y aquello provocó una especie de escape a presión en la que se vertió casi todo el contenido. Por suerte algo quedó en el bote y pude llevar la cadena bien engrasada hasta el final.

Soy muy pesado, pero lo mío con la Albarda ha sido amor a primera vista, hechos uno para el otro.

En rutas de este tipo siempre hay algún elemento que acaba siendo un éxito inesperado. Esto me pasó con una funda impermeable de casco, que finalmente cogí porque el primer día la cosa pintaba mal en cuanto a la lluvia. Esta funda no la acabé utilizando para su cometido, pero sí para llevar guantes de invierno, máscara y gorro paravientos que me ponía en las bajadas pirenaicas. Metía dentro todo este material en la funda, de manera que quedase bien recogido, y ponía la funda en las tiras elásticas de la bolsa de sillín. Una tontería que resultó muy útil.

Hubo bastante material que no utilicé, pero ese es material que llevas pero que no quieres necesitar nunca: botiquín, manta térmica, saco de emergencia, un par de radios, cámaras. Así que en este sentido, ¡encantado de haber llevado ese peso extra para nada! Tampoco necesité utilizar en ruta uno de los powerbanks, el de más capacidad, que acabé utilizando solo como comodín durante las noches para cargar aparatos. Sin embargo el powerbank pequeño, comprado en un bazar chino y que no era de marca reconocible sí me resultó útil para poder cargar el GPS el primer día cuando llegaba a Rialp y la batería estaba muy baja. Su pequeño tamaño lo hacía perfecto para llevarlo en la bolsa del tubo superior.

¿Volveremos?

Esta rampa del 15% en Espot la tengo que probar bajo un sol abrasador.

No tenía nada claro las posibilidades de éxito en esta CAT700. Reconozco haber sido muy derrotista en los meses anteriores. No me preocupaba la forma física, pero sí me preocupaba la meteorología, la pérdida de las horas de luz y cómo podríamos gestionarlo. Quizás haya sido este 2020 tan lleno de incertidumbre. Embarcarse por primera vez en la CAT700 justo este año, con cambios de fechas, no era lo mejor para la tranquilidad de espíritu. Con la perspectiva de tener a Javier como pareja la cosa mejoró y una vez empezada la aventura esos temores un poco irracionales quedaron en nada. Era cuestión de ir gestionando los días como sabemos, con paciencia, prudencia, siendo constantes, parando lo justo y regulando en todo momento. Y la formula funcionó, de nuevo.

Efectivamente, Javier, hay que volver, pero de manga corta.

Sí es cierto que desde que he empezado a organizar rutas (cada año viajamos al pueblo con Javier y Jaime y me toca a mí diseñar el recorrido), estoy dándome cuenta de que cada vez necesito menos retos “externos”. Soy un enfermo del control y cuando organizas y diseñas tú una ruta la adaptas muy bien a lo que te gusta y reconozco que además la dureza de la ruta no es tan extrema como cuando nos apuntamos a retos como este. Y no es que las rutas que hasta ahora he diseñado sean fáciles, pero sí introducen márgenes que te permiten ir un poco más relajado. Si hay algo que he sufrido tanto en las Transpyr como esta CAT700 es esa sensación de ir siempre con prisas (es lo que tiene ser lentos…), de pensar que estaría bien parar aquí a contemplar el paisaje, hacer fotografías con tranquilidad… pero no se puede porque hay que seguir avanzando. Todo esto implica un cierto nivel de estrés que cada vez me resulta menos llevadero.

Al mismo tiempo, esta CAT700 no ha sido nada normal, el cambio de fechas comportaba dos cambios importantes. Por un lado la pérdida de horas de sol condicionaba las horas disponibles de pedaleo con luz natural y por otro lado las temperaturas más bajas no hacían tan atractiva la posibilidad de hacer vivac nocturno (algo que nunca he hecho). Haber acabado esta CAT700 tan especial sin contratiempos me lleva a pensar que valdría la pena volverla a hacer en su formato normal, en el mes de junio, con más horas de luz y con la posibilidad de hacer vivac. ¿Significa esto que volveremos el año que viene? ¡Probablemente! Mientras tanto, a disfrutar de los recuerdos de esta CAT700, y agradecer a Eliseu, Marc, Mònica, Marcel y los que me dejo por haber mantenido viva esta aventura precisamente este año, con todas las dificultades añadidas.

Y para finalizar, una edición en crudo de lo que ha grabado la GoPro durante esta CAT700 2020: