Me levanto antes de que suene el despertador, para variar. El desayuno se sirve en un clásico salón del Hotel Camprodon. Con el impacto del día anterior aún presente, no el cansancio en sí, sino una especie de aturdimiento, y viendo a los ciclistas presentes, tan enteros, tan sonrientes, me siento totalmente fuera de lugar. Desde mi mesa, desayunando solo (Iñigo dormía en el Camp, que más tarde cambiaría por un Hotel en compañía de su familia) escruto las caras y el lenguaje corporal de mis compañeros de ruta, intentando averiguar si como yo, están tocados y lo disimulan o bien lo de ayer no les ha afectado en absoluto. Me parecen todos magníficos, frescos, confiados, seguros de sí mismos… Pero de nuevo, no tengo mucho tiempo que perder, tengo que comer, acabar de recoger la habitación y salir hacia el Camp para recoger mi bicicleta. De camino al Camp, en un taxi que me han pedido en el Hotel, veo a un par de ciclistas caminando (con las incómodas zapatillas de ciclismo y sus calas metálicas). No reacciono a tiempo y no acierto a indicar al taxista a que pare, una oportunidad perdida para hacer la buena acción del día.

Listos para la salida desde Camprodon.

Listos para la salida desde Camprodon.

Ya en el Camp, voy a buscar a Iñigo. Ayer le cedí mi sesión de fisioterapia para que se pudiese recuperar bien de los calambres de la última parte de la etapa de ayer. Me lo encuentro bastante bien, contento porque los problemas musculares del día anterior eran debidos a una deficiente hidratación, y por tanto no deberían repetirse si toma precauciones.

Antes de salir, grabo un pequeño vídeo (¡lástima que no haya grabado más vídeos de este tipo!) en el que resumo la (dura) experiencia del día anterior:

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Iniciamos el camino hacia La Seu d’Urgell hacia las 8 y 20 de la mañana, yo intento dejarme llevar por el automatismo del grupo, sin pensar demasiado en el día de ayer, al fin y al cabo, ya superado. La temperatura a estas horas es fantástica, unos 18 grados, aunque a medida que la mañana avanza y vamos ascendiendo, la temperatura hace lo propio. Apenas unos pocos kilómetros de llano saliendo de Camprodon y un giro a la izquierda nos lleva a unas tremendas rampas asfaltadas. Veo a un ciclista parar, bajarse de la bicicleta y decirle a su compañero “estoy fatal”. Me consuelo pensando en que no estoy tan mal. Ni yo ni mi compañero, que después del susto de ayer parece totalmente recuperado. Tenemos por delante unos 7 km de subida con unos porcentajes importantes, por una pista que no está muy mal. Yo sigo con mi idea de dosificar las fuerzas, no es solamente por el mucho respeto que le tengo a esta Transpyr, sino por las condiciones metereológicas. Estamos inmersos en una ola de calor que parece que nos va a acompañar durante toda la semana, y mi principal preocupación es no sufrir un golpe de calor, aunque eso signifique ralentizar la marcha aún más.

El primer descanso subiendo la Collada Verda después de unas durísimas rampas.

El primer descanso subiendo la Collada Verda después de unas durísimas rampas.

Coronamos, dejando atrás la Collada Verda y empieza el descenso hacia el primer avituallamiento del día, en Ribes de Freser. Me parece un descenso peligroso, pues se trata de una pista con mucha piedra suelta, aunque el trazado sea predecible y haya buena visibilidad de lo que viene por delante. Algún susto “surfeando” entre las rocas confirma mis temores, mejor no arriesgar.

Íñigo y un servidor coronando la Collada Verda

Íñigo y un servidor coronando la Collada Verda

Después del avituallamiento en Ribes de Freser nos espera uno de los tramos más temidos de esta Transpyr 2015. Se trata de la subida a la estación de esquí de La Molina. Son 27,5km hasta coronar en los que ascenderemos1300m de desnivel positivo, coronando la Serra de Montgrony. Antes de empezar a subir paramos en un supermercado donde Iñigo hace acopio de bebidas isotónicas, con las que rellena su camelback. Son casi las 12 del mediodía cuando empezamos a subir, y el calor ya aprieta de nuevo. La ascensión es primero por una carretera asfaltada pero pronto cambia a una pista, no demasiado rota, pero que no para de subir. No es tan malo como el día anterior, pero sigo sintiéndome superado por la sensación de calor, asfixiante. De nuevo necesito parar en las sombras cada dos por tres, beber, respirar, recuperarme. Iñigo parece que lo lleva mejor, al menos no se queja tanto como yo.

Si la primera etapa la hicimos prácticamente en solitario, en esta empezamos a frecuentar caras (y espaldas, y culos, y bicis, y maillots, cualquier cosa que identifique a un ciclista) que se nos hacen cada vez más familiares. Aún así en esta primera parte somos Iñigo y yo solos. Cerca de coronar, a punto de pasar al otro lado de la Serra de Montgrony a la que hemos ascendido, tenemos un despiste y nos equivocamos de camino, hacemos, entre la ida y la vuelta, casi 4 km de más, con unas rampas impresionantes. Perdemos tanto tiempo que nos quedamos por detrás de los dos ciclistas “escobas”. Rápidamente les “adelantamos” para que sigan haciendo su trabajo, y seguimos. Vamos los últimos, claro.

Estas bonitas praderas hacen el avance difícil.

Estas bonitas praderas hacen el avance difícil.

El paisaje es precioso, prados de un verde intenso, rodeados de montañas, pero avanzar cuesta mucho esfuerzo. Circulamos sobre la hierba, y esta cede apenas unos milímetros a nuestro paso, lo que hace que perdamos tracción y desperdiciemos los preciosos vatios que ponemos en cada pedalada. El track marca un desvío a la derecha, una senda que sube entre raíces y piedras. Imposible ir montado en la bicicleta, creo que ni de bajada. Es uno de esos tramos que no se te olvidan, por lo despacio que avanzamos, aunque en la sombra, pues transcurre por una arboleda, necesito parar cada poco tiempo, el calor me está matando, de nuevo. Las cifras del track son tremendas, apenas 800 metros y 174 metros de desnivel positivo, con una pendiente media del 22%, que tardamos 21 minutos en recorrer. Penoso.

Después de coronar ya estamos en la vertiente que nos llevará a La Molina, pero no todo es bajada. Tras pistear un rato y encontrarnos una furgoneta de la organización donde podemos rellenar los bidones, llegamos a la carretera que lleva a la estación de esquí desde Castellar de N’Hug. Son dos o tres kilómetros de asfalto con un desnivel llevadero, pero se nos hacen largos. Y nos sentimos solos, tenemos una visión panorámica del trazado y apenas vemos un ciclista a lo lejos, el habernos perdido nos ha dejado en la solitaria cola de la carrera. Por fin llegamos a la cima y empieza la bajada por el asfalto. Aprovecho para saborear el momento, para hacer el numerito “Titanic”, pero lanzado a toda velocidad, brazos abiertos… Pero no mucho, ¡caerse ahora sería estúpido!

Llegamos a la estación de esquí de La Molina a las cuatro de la tarde, ahí nos espera el segundo avituallamiento, el de la comida. Nada más llegar, un aviso de un miembro de la organización nos deja con la moral por los suelos… “No os podéis entretener mucho, solo tenéis dos horas para llegar al siguiente avituallamiento”. En la Transpyr hay dos cortes horarios, uno en la llegada, y otro en el último avituallamiento. Y si quieres ser finisher, tener tu maillot conmemorativo, y tu diploma, tienes que entrar antes del corte.

Comemos a toda prisa, lo cual empieza a ser ya una costumbre y cuando nos disponemos a salir de nuevo, otra sorpresa. Un corredor sudafricano, que va solo, se ha quedado sin batería en el GPS y necesita unirse a nosotros. Un poco a regañadientes, pues ha llegado después que nosotros y eso significa que aún va más lento, aceptamos. No puede ser de otra manera, por otra parte. Esto me pasó a mí, sin ir más lejos, en la maratón de la Volta al Penedès, y pude continuar y evitar el abandono precisamente porque me pude unir a otro corredor. Pero en ese momento nos parecía una complicación añadida… y no nos equivocábamos.

Iniciando el descenso después del avituallamiento en La Molina, aún por pista.

Iniciando el descenso después del avituallamiento en La Molina, aún por pista. El corredor sudafricáno nos sigue.

Empezamos un descenso vertiginoso hacia el valle por un sendero digno de una prueba de enduro, estrecho, empinado. Incluso encontramos un barrizal que nos obliga a poner el pie en tierra. Por lo menos transcurre entre sombras y el calor nos da un respiro… hasta que llegamos al valle. Donde el sol vuelve a ser el protagonista, el calor aprieta de nuevo, y de qué manera. El sudafricano tiene un pinchazo. Lleva tubeless, por lo que una vez que el líquido selle el agujero solo basta hinchar la rueda. En el primer intento gasta un cartucho de CO2, y lo que es peor, rompe el conector. La rueda sigue deshinchada y nuestro nuevo compañero ya no lleva más cartuchos de CO2. Así que le prestamos lo que necesita, con el consiguiente mosqueo… ¿y si lo necesitamos nosotros después? Empiezo a ponerme nervioso, no vamos a llegar al corte horario, y no va a ser culpa nuestra. Con la rueda ya reparada, seguimos, pero hemos de detenernos para esperarlo en los repechos. En una de esas, su rueda se ha vuelto a deshinchar. Estamos en un pueblo cerca de la carretera. Tomamos una decisión, vamos a dejarlo ahí, le recomendamos que llame a la organización para que lo recoja. Quizás no será finisher, pero podrá continuar mañana. Seguimos a toda la, poca, velocidad, que somos capaces. Llegamos a Martinet, el avituallamiento, 18 minutos después de la hora de corte. Realmente en ese momento no tengo ganas de discutir ni de reclamar. Tampoco nadie de la organización me dice oficialmente que estamos fuera de tiempo. Tengo mis excusas preparadas.

Rasguños y barro.

Rasguños y barro.

Ser finisher es muy importante para mí. Es el objetivo que me he marcado, no es cuestión de vida o muerte, pero creo que es algo que está a mi alcance, y no conseguirlo, por circunstancias ajenas a mí o mi equipo, me fastidiaría bastante. Las excusas, algo hay que pensar para distraerse encima de la bici, son que hemos salido a las 8 y veinte de la mañana, en vez de a las 8 en punto, y que nos hemos retrasado por ayudar a otro corredor (hasta que lo dejamos en un punto más o menos seguro). Por suerte, nada de esto es necesario, pues al día siguiente comprobamos que seguimos en los tiempos oficiales…

Pero la etapa no acaba en Martinet. Hay que llegar a La Seu d’Urgell, ¡está solo a 25 km! Pan comido, y además todo es bajada. Pero las distancias y los desniveles, en una prueba como esta, son realmente relativos. Estos 25 km transcurren en su mayoría por senderos paralelos al río Segre y pese a ir perdiendo altura, suben y bajan, y algunos tramos son muy estrechos, técnicos, tanto que hay que poner pie en tierra más de una vez. Pero por primera vez en esta Transpyr 2015, no estamos solos, al salir de Martinet nos unimos a un grupo (Jordi, Israel, Macca…), y aunque finalmente no llegamos juntos a La Seu, ya se convertirá en nuestra grupeta hasta finalizar la Transpyr.

Ir en grupo quizás no es la opción más rápida, pues hay que ir esperando a los más lentos (entre los que me encuentro), pero definitivamente es mucho más divertido y seguro. En caso de avería, caída, necesidad de comida o de bebida, hay muchas más posibilidades de resolver la situación. Además tienes una audiencia mayor para tus pésimos chistes.

Poco antes de llegar a La Seu d’Urgell, perdemos el track y tenemos que volver sobre nuestros pasos, en realidad no es muy grave, ya estamos casi llegando y en vez de cruzar el río por un puente lo hacemos por el siguiente. Ha sido un día muy largo de nuevo, pero estamos en La Seu d’Urgell y hemos completado otra etapa. El ánimo está quizás un poco mejor que el de ayer, pero aún me siento algo sobrepasado por la dureza de la prueba hasta ahora. Poco antes de recibir mi primera sesión de fisioterapia, grabo este breve testimonio, con la Serra del Cadí al fondo como impresionante decorado.

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A pesar de todo, las cosas mejoran. A pesar de habernos pasado más de 11 horas en la bici, las sensaciones son mejores que las de ayer, he pasado por el fisio y tengo mi montura ya limpia y revisada. Hemos superado ya dos etapas, a pesar de todos los problemas, el calor, el cansancio. Es muy importante. No hemos abandonado, no hemos tirado la toalla. Somos lentos, sí, pero seguimos en los tiempos oficiales, seguimos, seguimos. Solo me queda ir al hotel, que se llama Nice (espero que lo sea) ducharme y cenar. Al llegar, echo un vistazo al restaurante, veo una nevera con los postres, caseros. Me convence y decido cenar ahí. Ceno estupendamente, ¡qué diferencia con el día de ayer! Salmón a la plancha con verduritas y un buen plato de pasta, y mucha agua. No me apetece aún, y creo que no me atrevo, a tomar una cerveza. Aún no tengo confianza en mi cuerpo, igual me da algo, pienso. Cenar bien no solamente me reconforta el cuerpo, sino que también me da muchos ánimos. Comer bien siempre me pone de buen humor, y en estas circunstancias es aún más importante que los ánimos estén bien arriba.

La nevera que me hizo pensar "aquí se cenará bien".

La nevera que me hizo pensar “aquí se cenará bien”.

En la habitación, la rutina: lavar la ropa del día, poner a secar la del día anterior (que no se había secado del todo aún), prepararlo todo para que mañana pierda el menor tiempo posible, y por tanto pueda levantarme más tarde. Cargar los aparatos tecnológicos, cargar las ortofotos de satélite en el GPS y los tracks del día siguiente, entrar en Facebook para compartir con familia y amigos las vicisitudes de la etapa. Ver algo de televisión para desconectar y… bona nit.

Transpyr 2015 Etapa 3: La Seu d’Urgell – El Pont de Suert