A la mañana siguiente me levanto encontrándome muy mal, principalmente por el ardor de estómago y porque me siento muy débil, posiblemente también me encuentre algo deshidratado. El ardor de estómago hace que no me apetezca nada comer, pero aún nos queda una etapa por recorrer y no puedo montarme en la bici sufriendo de una “pájara” antes incluso de salir. Bajo al bar del hostal y para mi sorpresa e indignación, de nuevo no puedo disfrutar de todo lo que en teoría puede ofrecer el restaurante, ya que a las siete de la mañana el cocinero aún no está. La verdad es que no tengo ni fuerzas para rebelarme contra la situación y pido un café con leche con madalenas. Quiero largarme de Roncesvalles lo antes posible, llegar a Burguete y pedir algo al servicio médico para mi ardor de estómago. Dejo la maleta en recepción, y cojo el autobús lanzadera hasta la salida de la etapa.

Ya que la fortaleza física brilla por su ausencia, hay que tirar de fortaleza mental.

Ya que la fortaleza física brilla por su ausencia, hay que tirar de fortaleza mental.

En la ambulancia hay cola a estas horas de la mañana. Vaya panorama y vaya caras. La médico me ve venir, estoy muy pálido, y antes de que diga nada le pido algo para el ardor de estómago. “Ah, si es eso, toma, pero si estás mal no sales eh?” De eso nada, estoy decidido a salir y a llegar a Hondarribi, pese a que me encuentro fatal, muy débil. Pero es la última etapa y hay que llegar como sea. Me pongo en modo “autorrescate”, una estrategia de mi invención que mezcla el autoconocimiento de mi cuerpo con una técnica de distracción mental y de efecto túnel sobre lo auténticamente importante. En este caso se trata de ahorrar el máximo de fuerzas, correr los mínimos riesgos posibles y no parar de alimentarme y de beber, sin dejar de pensar al mismo tiempo que voy a ir encontrándome mejor a medida que pasen los kilómetros.

Atención al rostro totalmente pálido...

Atención al rostro totalmente pálido…

Por primera vez en toda la Transpyr me pongo el cortaviento, ya que aunque no hace frío, me encuentro totalmente destemplado. Los voluntarios de la Transpyr, los trabajadores de +QueBici, familiares y amigos de los corredores, todos nos hacen un pasillo de ánimos y aplausos. Voy a necesitar todos esos ánimos en el día de hoy, porque de ninguna manera voy a tirar la toalla, y menos el último día, cuando la meta está ya tan cerca.

Saliendo de Burguete tenemos unos 3km de pista bastante favorable, casi sin apenas desnivel, pero en seguida empieza una subida de 2km con una media del 9% y algún repecho mortal con un gradiente del 23%. Es en estos primeros kilómetros de la etapa donde he de hacer un mayor esfuerzo, mis fuerzas son mínimas, ya no es cuestión de dosificar, es que no hay más. Al mínimo repecho me bajo y empujo, es lo que hay. Solo espero coronar y poder mejorar poco a poco a medida que avance la mañana. Llegamos a la cima, que está en un hermoso prado envuelto en las brumas de la mañana. Por fin. Pero el peligro no ha pasado aún. Aunque voy comiendo algo, a pesar de que el ardor de estómago lo convierte en una tarea penosa, aún me siento muy débil, y la bajada puede ser un problema. Necesito estar concentrado en el descenso, son 10km en los que bajamos 660m, por una pista con bastantes piedras y roderas. No tiene una dificultad excesiva, pero en mis condiciones es mejor ser prudente y no dejarse llevar. Mientras bajo me paro a fotografiar a dos caballos que pacen en la ladera del monte. Me digo “¡a esto también he venido!”, es quizás una manera de quitarle dramatismo al asunto, de aparentar normalidad, porque aún voy muy flojo de fuerzas.

Olvida el reloj por un momento y disfruta del entorno.

Olvida el reloj por un momento y disfruta del entorno.

En esta etapa todas las precauciones son pocas.

En esta etapa todas las precauciones son pocas.

El track sigue bajando pero ahora con mucha menos pendiente y por carretera, estamos en Francia, atravesando Urepel y siguiendo la carretera hasta Aldudes. Son unos kilómetros muy favorables, de suave bajada, atravesando un precioso valle. Saliendo de Aldudes tomamos un desvío y nos encontramos con uno de los tramos más complicados de la Transpyr. Le llaman “el muro de la Transpyr”: 300 metros de desnivel positivo en 2km, con un porcentaje medio del 15% (¡y máximo del 43%!), que corona muy cerca de la línea divisoria entre los dos países. Ya antes de enfrentarme a este reto, tengo un percance tonto que podía haberme costado muy caro. Antes de empezar la subida hay un paso canadiense para el ganado, el típico foso cubierto con una rendija metálica. Voy ya empujando la bici, porque no me veo con fuerzas para la primera rampa y sin darme cuenta se me cuela una pierna por una de las rendijas del paso canadiense. Por suerte me paro en seco y no me rompo la pierna, tan solo me hago un pequeño corte en la rodilla. No hay que bajar la guardia nunca, esa es la lección en una prueba como esta, cualquier detalle puede arruinarte el maillot de finisher.

Después de coronar el famoso "muro", con vistas a este bonito valle.

Después de coronar el famoso “muro”, con vistas a este bonito valle.

Tengo más ganas que nunca de llegar al siguiente avituallamiento. No es que tenga hambre, sigo con el estómago ardiendo y débil, pero por lo menos descansaré y comeré algo más variado que los trocitos de barrita que intento masticar y tragar desde que salimos de Burguete. Son 8,5km de descenso, con un par de subidas notables de entre 1,5 y 2km, hasta llegar al avituallamiento de Erratzu. Avanzamos por pistas y por caminos asfaltados locales, pero poco antes de llegar a Erratzu atravesamos un sendero de 2,6km que se convierte en una tortura para mí. Tiene algunos tramos realmente complicados en los que avanzamos sorteando grandes piedras, raíces y escalones en medio de árboles que quieren cerrarnos el paso. Una rama baja golpea mi casco. El golpe no es muy fuerte, pero es un toque de atención, de nuevo, no puedo bajar la guardia. Ya no son solamente las fuerzas sino también la atención lo que debo conservar. Por suerte emergemos de nuevo a un camino y llegamos sin más problemas al avituallamiento.

Estoy hecho una piltrafa humana, han pasado 3 horas desde la salida en Burguete, hemos recorrido solo 32km y sigo sin recuperarme, pese a haber ido comiendo durante todo el camino. Pasa por mi mente el concepto “abandono”, y me planteo si las ganas de llegar a Hondarribi como finisher deberán dejar paso al sentido común… Una chica de la organización que está atendiendo el avituallamiento me ve y me pregunta por mi estado. Le explico cómo estoy y que mi plan es ir comiendo a ver si me recupero. Aunque en el avituallamiento del desayuno no sirven coca cola, la chica se apiada de mí y se acerca dónde estaba sentado y me trae un vaso de coca cola. No había tomado ningún gel por temor a empeorar mi ardor de estómago, pero esta bebida azucarada surge su efecto, o quizás acaba de aportarme la energía necesaria para que me encuentre, por primera vez en la etapa, un poco mejor.

Saliendo de Erratzu nos quedan 7,6km de suave ascensión por caminos y pistas hasta llegar a la carretera, mientras pedaleamos entre caseríos, cobertizos, prados y huertos. Apenas entramos en la carretera, con un gradiente positivo muy llevable del 5%, me siento mejor, mucho mejor. Pedaleo con algo de alegría y ganas, y además de fuerzas renovadas, sobre todo me siento muy animado. Y eso en los momentos en que las cosas se complican, es muy importante. ¡Las piernas importan, pero la cabeza es fundamental!

Y menos mal que me estoy recuperando, porque después de 2km por la carretera encaramos una pista que durante 5km irá subiendo con un porcentaje medio del 6%, pero con rampas duras de hasta el 25%. Es mediodía, subimos al descubierto y el calor de nuevo es insoportable. Paramos a mojarnos en un riachuelo, a beber, a mirar lo que queda por subir… La última etapa parecía fácil sobre el papel, pero está resultando muy dura. Poco antes de coronar hay una arboleda que proyecta una enorme zona sombría, hay un grupo de ciclistas descansando. Paramos apenas para saludar pero seguimos, queremos llegar lo antes posible. Quedan solo 15km hasta el avituallamiento del collado de Lizaieta, donde además se encuentra el último control de paso horario de esta Transpyr. Si llegamos a tiempo, ya seremos finishers, no importa la hora a la que lleguemos a Hondarribi (aunque también hay prisa por llegar a la meta final, ¡claro está!).

El trayecto es en principio favorable, pues vamos descendiendo, pero el perfil es ondulado, se baja, pero también se sube. El paisaje es precioso, vamos carenando entre montes, por pistas pero también por senderos entre mares de helechos y otros arbustos bajos. Hay alguna zona técnica, con mucha piedra, que nos desespera.

De repente, el mar a lo lejos. Casi no le doy importancia en el momento, pero es la primera vez que vemos el mar desde que abandonamos el mediterráneo en Roses. Casi lo tenemos, la travesía entre dos mares, ¡la Transpyr puede ser nuestra!

Así de simple, si llegas aquí a tiempo, eres finisher de la Transpyr.

Así de simple, si llegas aquí a tiempo, eres finisher de la Transpyr.

Paisaje después de la batalla... cansados pero contentos.

Paisaje después de la batalla… cansados pero contentos.

Llegamos al avituallamiento del collado de Lizaieta después de seis horas de etapa, con tiempo de sobra. La verdad es que la llegada es un poco anticlimática, confieso no enterarme muy bien de lo que pasa, desventajas de no haber asistido al briefing de etapa de ayer. Atravesamos el checkpoint, suena un pitido, y ya está, ya somos finishers. Pero pronto me inundan otras emociones. Lo he conseguido, y además con un último día muy malo, en el que incluso me plantee abandonar.

Me como un mini bocadillo con una coca cola, que me saben a gloria. Los ciclistas están esparcidos a la sombra de un gran árbol. Todos nos saludamos y nos felicitamos. Permanecemos más de media hora en el avituallamiento, una de las paradas más largas de toda la Transpyr. Pero aún hay que llegar a Hondarribi. No sé si en broma o en serio, un ciclista sentado en el suelo les dice a sus compañeros que no, que él no sigue. Faltan 35km hasta la meta, que está en la playa de Hondarribi. Estamos ahora a 452m de altura sobre el nivel del mar, e inocentemente pensamos que nos han preparado un descenso cómodo y triunfal hasta meta. Pero aunque suene a tópico, en la Transpyr no te regalan ningún kilómetro, aquí hay que sufrirlos todos. El track baja, pero también sube y de nuevo nos desesperamos con un par de subidas, una de 2km al 9% y otra de 1km al 9,5% por pistas bastante rotas. Vamos cabreados, y como además vamos acompañados de Íñigo, que se conoce la zona, nos damos cuenta en seguida que el camino a Hondarribi no es precisamente el más fácil de los posibles. De todas formas la estrategia a seguir es muy sencilla: seguir dando pedales y vencer a la adversidad enterrándola en pura rutina, biela arriba, biela abajo. No puede pasar mucho tiempo hasta que el descenso sea ya inexorable y nos plantemos en el mar.

Y así sucede, en el kilómetro 80,5 de la séptima etapa de la Transpyr, a las 16 h 34 minutos y 18 segundos, en las coordenadas 43º º9,475’N 1º 43,75’W, a una altitud de 236m sobre el nivel del mar, empieza nuestro descenso definitivo hacia Hondarribi. No más subidas, no más rampas a partir de ahora, solo cabe no partirse la crisma por cualquier tontería y cruzar el arco de meta de manera definitiva. Casi una hora más tarde lo hacemos y damos por terminada esta Transpyr 2015, una de las ediciones más duras a causa del calor.

El fin del trayecto, ¡lo hemos conseguido!

El fin del trayecto, ¡lo hemos conseguido!

Si los momentos posteriores a cualquier esfuerzo sobre la bicicleta son siempre agradables por la satisfacción del objetivo cumplido, aunque sea después de un anónimo entreno en medio del invierno, no es difícil imaginar cuáles fueron nuestras sensaciones y nuestras emociones al cruzar la meta, después de una semana en la que hemos pasado más de 72 horas encima de la bicicleta. Alegría, un enorme bienestar, mezcla supongo de alivio y pura endorfina, y muchas ganas de celebrarlo con la familia y amigos. Después de la ceremonia de entrega de maillots y de la foto en la colina de los finishers toca recoger la bolsa, la bicicleta y abandonar definitivamente la caravana de la Transpyr.

La foto de familia en la "colina de los finishers".

La foto de familia en la “colina de los finishers”.

El equipo "Cita a ciegas" ha llegado sano y salvo a su destino, ¡gracias Íñigo por la compañía! (y a Macca, Pitu, Israel, Jordi...)

El equipo “Cita a ciegas” ha llegado sano y salvo a su destino, ¡gracias Íñigo por la compañía! (y a Macca, Pitu, Israel, Jordi…)

Un punto de tristeza sí que da que se acabe todo, pero ahora hay que celebrar y descansar (en ese orden).

Un punto de tristeza sí que da que se acabe todo, pero ahora hay que celebrar y descansar (en ese orden).

Al llegar al apartamento, tras la ducha, no sabía bien cómo iba a reaccionar mi cuerpo, ¿desfallecería? Unas cervezas y unas tapas más tardes me di cuenta que no, que esa noche se iba a alargar más allá de las dos de la madrugada tras una tremenda cena y una animada sobremesa. Lo que no me esperaba es que a la mañana siguiente mi cuerpo iba a despertarse a las seis de la mañana, ¿listo quizás para una nueva etapa?, sin ninguna intención de seguir durmiendo. Y allí fue, en la terraza del apartamento sobre la playa de Hondarribi, mirando algunas de las fotos hechas durante la Transpyr, que empecé a darme cuenta de lo que acabábamos de hacer.