La crónica de la Transpyr Gran Raid MTB 2017 es muy corta, se acaba en el kilómetro 83 de la primera etapa. Una caída mientras circulaba por una carretera vecinal me produce una fractura de tobillo que me obliga a retirarme sin ni siquiera haber completado una sola etapa.

Le he dado muchas vueltas al accidente, y creo que tengo una explicación. Igual que en la edición de 2015, la edición de 2017 empieza en plena ola de calor. Es mi tercera Transpyr consecutiva, llego en un buen estado de forma (la prueba de esfuerzo que me hago esa misma semana lo confirma, con un aumento de mi VO2Max notable), me puedo considerar un “veterano” y mi objetivo, aunque no declarado explícitamente, es, además de ser finisher, mejorar mis tiempos.

Malas sensaciones, y resistiéndome a aceptarlo.

Ya en el primer tramo entre Roses y el primer avituallamiento en Pont de Molins, voy alto de pulsaciones, intentando no perder de vista al grupo con el que quiero ir. El aumento de pulsaciones lo achaco a los nervios del momento y también al calor, que ya desde la mañana empieza a apretar. Poco antes de llegar a Lladó, y viendo que definitivamente no podía seguir el ritmo del grupo, los dejo ir. No me encuentro nada bien, en ese momento no lo quiero reconocer, pero estoy algo mareado, grogui. Son los efectos del calor, algo que ya experimenté en 2015, pero en esa Transpyr mi respeto a la prueba era tal que mi ritmo era muy conservador. Repasando las diferencias de tiempo entre 2017 y las anteriores ediciones en las que participé compruebo más tarde que voy entre 15 y 20 minutos más rápido.

En el avituallamiento de Beuda tengo claro que necesito recuperarme y entrar en otro modo, distinto del que he empezado la etapa. Ahora se trata tan solo de sobrevivir en unas condiciones que son muy adversas para mi, pues el calor afecta mucho a mi rendimiento. Me tomo mi tiempo en Beuda, me siento a comer, me refresco. Una vez que salgo del avituallamiento, ya con otra actitud, reservando, intentando no forzar, refrescándome con frecuencia, parece que me estabilizo. Después del último avituallamiento en Can Bundancia empezará el tramo cronometrado, que pienso tomarme con mucha calma. Poco antes de llegar al avituallamiento voy circulando en un grupo por una carretera vecinal, hace bajada, estamos en sombra y me relajo por unos segundos. Cuando me doy cuenta me acerco a una curva cerrada a demasiada velocidad. Freno y la bicicleta derrapa a un lado y a otro, hasta que finalmente el neumático trasero recupera el agarre en el asfalto y la bicicleta me da un latigazo para lanzarme a un lado. Apoyo el pie derecho en el suelo violentamente y noto un agudo pinchazo. Inmediatamente sé que me he hecho daño y que será difícil que continue. Es curioso, incluso antes de ver a los médicos, a los fisios, sé que mi Transpyr se ha acabado aquí.

Pocas horas después del accidente y la inflamación aún no ha llegado al máximo.

 

La lesión acaba siendo de gravedad, una doble fractura del astrágalo, por suerte con un mínimo desplazamiento, que me evita la intervención quirúrgica, pero que me dejará casi cuatro meses sin poder apoyar el pie en el suelo. Durante todo este tiempo he de lidiar con la lesión física, pero también de alguna manera con el daño moral que el accidente me produce. Falta de confianza, dudas, enfado, el repasar una y otra vez el día del accidente, incluso lo que hice los días anteriores (falta de sueño, poca disciplina con la dieta, etc). Examinando mi propia actitud, recriminándome haber echado por tierra los entrenamientos, los sacrificios personales y familiares, mis errores, etc.

El tobillo, días después.

Poco a poco me voy haciendo cargo de que en mi corta carrera deportiva como ciclista aficionado no he tenido nunca una lesión, ni grave ni leve. Al final, es solo cuestión de probabilidades, si miro mis números en Strava, que coinciden casi exactamente con el comienzo de mis entrenamientos ciclistas, compruebo que he recorrido unos 25.000km desde 2014, sin un accidente digno de mención, sin una lesión. Intento ser positivo y me digo “ya eres un deportista completo, aquí tienes tu grave lesión, todos los deportistas se encuentran con esto en algún momento de sus carreras, el modo en que superes esto será también parte de tu carrera deportiva”.

Evolución de la fractura.

Apenas dos semanas después de que me retiren el yeso empiezo a hacer rodillo, aún voy con muletas y con la bota ortopédica, pero durante quince días hago un mínimo de una hora diaria en el rodillo. El objetivo no solamente es recuperar la forma, sino también perder peso y sobre todo recuperar la musculatura de la pierna, de manera que cuando pueda apoyar totalmente el pie, la pierna haya recuperado el máximo de tono muscular. Por el camino descubro el entrenamiento por vatios (mi rodillo cuenta con potenciómetro), que a partir de ahora me acompañará en mis salidas de carretera y montaña.

El resultado de la grave lesión parece menos grave de lo que pintaba. Cuando escribo esto (febrero de 2018) aún no estoy recuperado al 100%, pero estoy decidido a que mi vuelta a la bicicleta sea para mejorar aún más. Aprender de los errores y ser un mejor ciclista, esto es con lo que quiero quedarme de la Transpyr 2017.